EL CUBO Y EL MAR
La obra esta ubicada en la península de Coliumo (550 km al sur de Santiago) un sector rural apenas poblado por campesinos, pescadores artesanales y un tímido turismo estival.
Esta situación apartada condicionó nuestra operación de dos maneras. Por un lado, debíamos trabajar con una tecnología arcaica y una mano de obra local carente de especialización. Por otro lado, teníamos que intervenir un paisaje idílico, cuya abrumadora perfección tarde o temprano sería perturbada. Ambas condiciones nos llevaron a reparar en una práctica primitiva: levantariamos algo por primera vez y donde nunca se había hecho. Así y con las sanciones de Loos a cuestas, esta nueva figura no podría ser menos que una severa figura a medio trabar entre la tierra y el mar. Una suerte de refutación de los contemporáneos discursos que diluyen la distinción entre lo natural y lo artificial.
Siempre es difícil resistir la tentación de alcanzar el borde, de sentir la caída, estando frente a un acantilado. Hay una sensación de vertigo un poco morbosa. Pero, en este caso, los estudios de mecánica de suelo nos advirtieron que solo podríamos llegar hasta el extremo bajo de la ladera si dejabamos una huelga de gracia hacia su caida oeste. En rigor, el peso del nuevo cuerpo podría deslizar la composición arcillosa de la tierra sobre su base de granito. Además del retranqueo, esto nos obliga a confinar la operación en una pieza compacta, de mínima ocupación del suelo, cuya composición evitara otro esfuerzo estructural que no fuera el de llevar las cargas directamente hacia ese suelo. Compacidad que, a su vez, en virtud de la figura impropia que de cualquier modo sería una obra en relación con este fonde natural, carecería de escala y de encajes que suavizaran su dureza.
Una vez fijada esta posición, que obstruía el sitio menos escarpado, fue necesario elevar el suelo hasta recuperar al menos dos cosas: una, la sensación de un podio natural rodeado de nada y otra, esa lectura morbosa y en primer plano del pie del acantilado, donde revienta el mar contra las rocas. De este modo fijabamos la altura de la pieza y sustituiamos el techo por una terraza que ocupa toda su extensión horizontal.
A su vez, convertimos la base en un podio horizontal quebrado en tres plataformas que bajan en zigzag con la topografía. La triple altura del espacio de la plataforma mas baja, orientada al noroeste, pretende contener la dimensión vertical del lugar, esto es, la caída, el vértigo, la gravedad. A travéz de este vacío interior acusábamos la experiencia aérea del acantilado, dejando entender el mar no solo como horizonte sino también como masa y superficie.
Estas primeras operaciones se superponen a una organización programáticaque debía alternar una casa de vacaciones con un centro cultural, actividades de reunión, trabajo y galería de arte. Esto evidenciaba una vocación contradictoria: el interior debia mediar entre una dimensión muy pública y otra mas íntima e informal. O sea, debía ser medio monumental y medio doméstico, sin que una calidad le pasara a la otra.
Por otro tanto, decidimos no nombrar los recintos por sus funciones, y más bien dejarlos sin nombre y sin función, como meras salas de más o menos interconectadas, para luego llevar todo el programa de servicio hacia el perímetro, hacia un muro esageradamente grueso, un espesor habitante, que actuaría como fuelle. Dentro de esta masa vaciada quedan la cocina, las circulaciones verticales, los baños, armarios y una serie de balcnoes interiores (que protegen las ventanas del sol y la lluvia, hacia el norte y el oeste) Eventualmente, todos los muebles y objetos domésticos podrían guardarse dentro de este perímetro, liberando el espacio para múltiples actividades.
Además de esta organización programática debimos considerar la necesidad de muros de soporte para montar exposiciones. Esto evitó la obviedad de hacer una gran vista al mar y, en cambio, nos dio la medida para conciliar una serie de diferentes cuadros de paisajes con una cantidad variable de situaciones interiores.
Toda la obra se hizo con concreto artesanal, una masa que se arruinara naturalemente, con moldajes de madera sin tratar. Su construcción se realizó (con una pequeña betonera y cuatro carretillas) en estratos horizontales que hacían coincidir los niveles de vaciado de la mezcla con la medida de un panel de media tabla. Una vez terminada la obra gruesa, reutilizamos toda la madera maltratada de los moldajes para revestir los muros interiores y para hacer unos paneles correderos que, alternativamente, servirían tanto para cubrir el programa perimetral de servicio como para proteger las ventanas una vez que la casa se abandona.
Ciertamente, tomamos estas operaciones como una denuncia de un estado de cosas y como una especie de confirmación de nuestro interés para descubrir el potencial de las cosas crudas; de los bocetos que no necesitan terminarse para reparar en lo que dicen.
Ficha Técnica
Estructura: Cecilia Poblete
Mecanica de Suelos: Carmen Gonzales
Construcción: PyE
Carpinteros: Cesar Manriquez, Roberto Ulloa, Andres Reyes
Ayudantes: Gumercindo Moscoso, Mauricio Cortés, Miguel Cortés
Ubicación: Calle Rapa Nui n° 1, paninsula de Coliumo, Chile.
Superficie Cubierta: 180 m²
Año: 2005
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