Conversación con Patxi Mangado

 

Patxi Mangado es desmesurado. No mide su pasión por la arquitectura. Sus palabras, que no son amigas de las concesiones, nos llegan como una tromba de claridad y rotundidad conceptual.

A través de un número notable de obras de valor, y de una personalidad que sabe más de avidez que de placidez, ha conformado su propio espacio desde la periferia española, atrayendo las miradas y las consideraciones centrales. Su esfuerzo por precisar y exponer los valores de la disciplina en los que funda su acción han forjado un cuerpo de sustancias conceptuales que lo han convertido en un referente entre la generación heroica y las aportaciones emergentes. Hablando de actitudes proyectuales, descubriremos una visión aguda y compacta, que no teme enfrentarse con algunos lugares comunes de la arquitectura última. Esta conversación es también el resultado del conocimiento de sus obras y sus ideas durante tres años.

 

GB –Hay una expresión con la que tajantemente y con mucha precisión condensas aquellos aspectos de la arquitectura que más te interesan. ¿A qué refiere exactamente “arquitectura con la mano izquierda”?

PM -La expresión “arquitectura con la mano izquierda” describe una actitud que reclama una arquitectura que no sea fácil, que no sea sin más un reflejo de la realidad en la cual se desarrolla, sino una arquitectura que requiera reflexión, intensidad, una cierta investigación. Un trabajo que resulte más elaborado, donde el fundamento prime sobre la superficialidad. Vivimos en un mundo con gran cantidad de recursos, imágenes y expresiones que a menudo resultan demasiado fáciles. La única manera, creo, de enfrentarse a una arquitectura aparentemente exitosa, pero de poco contenido, es precisamente reivindicando este esfuerzo. Esfuerzo que, por otra parte, debería ser consecuencia inmediata de cualquier ejercicio intelectual. La arquitectura no deja de ser una disciplina que requiere de un esfuerzo intelectual importante. Hablar pues de arquitectura con la mano izquierda es en el fondo describir esa actitud que tiene que ver con una búsqueda que va más allá de lo inmediato, que renuncia al éxito de lo superficial, y que implica, qué duda cabe, una actitud crítica hacia gran parte del hacer arquitectónico de nuestro tiempo.

GB -Justamente, así como esta frase refiere a aquellos valores de la arquitectura en la que crees, hay otra frase, u otra palabra mejor dicho, que es la que utilizas para separar las aguas con la arquitectura que no te interesa, la caligrafía.

PM – Quizás debería empezar por definir qué entiendo por caligrafía. Utilizo la palabra caligrafía en el sentido de superficialidad, de representación, y en contraposición precisamente con lo formal. Es indiscutible que la arquitectura es un hecho formal, pero el hecho formal está ligado a conceptos, a valores y contenidos. Este hecho formal tiene que ver con las categorías del espacio, con lo material, con lo constructivo, con cómo se entiende el contexto, la realidad que nos ha tocado vivir y por supuesto los presupuestos ideológicos que nos interesan. Un hecho formal que recoge la condición necesaria que para mí debe tener la arquitectura en el sentido de ser propositiva, superadora del entorno inmediato que la rodea. Lo caligráfico intenta describir esta otra actitud de la arquitectura mucho más mediática, mucho más fácil, que nace sólo pensando en la capacidad de representar, de figurar a cualquier precio. Una arquitectura que de alguna manera se nutre de todos los recursos que van apareciendo sistemáticamente en las publicaciones y en los eslóganes de la realidad que vivimos. En ese sentido, creo que cuando hablo de arquitectura caligráfica, lo que quiero es destacar el carácter más superficial del término. No se debe confundir caligrafía con forma, cuidado con esto. Lo formal es un hecho fundamental, sustancial en la arquitectura, no así lo caligráfico.

GB -Podemos decir que te refieres a aquella arquitectura que se resuelve solamente, o principalmente, en la dimensión de la retórica visual.

PM -Exactamente. Es una arquitectura casi siempre apriorística, donde la decisión ya está tomada, donde la imagen de referencia puede mucho más que los contenidos, donde la identificación de esas imágenes es mucho más importante que el análisis. Y es además, paradójicamente, una arquitectura que se define como especulativa pero que sin embargo, a la hora de la verdad, no resulta fruto de investigación. Tengo la sensación de que nunca como en el presente hemos tenido tantos momentos intensos de arquitectura, realmente creo que hay muy buenos arquitectos, pero a la vez tantísimos aspectos muy banales de la arquitectura. Es quizá el signo del tiempo. Se pueden apreciar multiplicidad de actitudes, de resultados, pero a la vez vivimos en la paradoja de que incluso los resultados más interesantes acaban banalizados y consumidos por el mercado de la arquitectura que no deja de ser más que un reflejo del mercado total que nos invade, que deja poco lugar a lo personal y que clama por el slogan. Vivimos en un tiempo en donde es más importante el parecer que el ser, y la arquitectura no vive al margen del mismo. ¿Cuál es el signo, si lo hay, de nuestro tiempo? Hoy parece que lo que triunfa es el valor de la media , del pacto, de los principios diluidos en función de llegar a unas condiciones de acuerdo, también en lo arquitectónico.

GB -¿Cuáles serían entonces las condiciones para que esta banalización no malogre la densidad de estos contenidos?.

PM- Creo que cuando hablamos de determinadas cuestiones, como por ejemplo de la teoría de la arquitectura, concepto que en mi opinión es más vago que el de la teoría del proyecto, se requiere de un rigor y una seriedad que desafortunadamente son poco frecuentes. Pero en términos más concretos, creo que convendría volver a hablar especialmente a los estudiantes de cuatro condiciones, no más, entre las muchas que podemos manejar pero que son indispensables para que la arquitectura sea ella misma y no otra cosa. Primero, una arquitectura siempre se ubica en un lugar, al menos en un lugar físico (hoy muchos estudiantes no saben lo que es un plano topográfico y sin embargo tienen una enorme capacidad para tratar un edificio como si de un objeto autónomo se tratara, al que rápidamente se le pueden añadir imágenes de todo tipo fácilmente producidas por el ordenador). Pero también en un contexto y en un tiempo que exigen una reflexión y una posición respecto a los mismos. Segundo, es un hecho formal y material que se construye. Tercero, la preocupación por el espacio sigue siendo para mí una categoría de trabajo fundamental. Y la cuarta es la condición de “servicio” que tiene toda arquitectura. ¿Qué entiendo yo por vocación de servicio en la arquitectura? ¿Cómo entiendo este término hoy en desuso y poco valorado? No lo percibo como una respuesta inmediata al entorno real o imaginario que vivimos, que se contenta o bien con el simple hecho constructivo o con la idealización de cuatro imágenes o conceptos apriorísticos rápidamente transformados en iconos de corta duración. Lo entiendo como una postura que va mucho mas allí, más radical si se quiere, que tiene como objetivo una idea de transgresión, de superación de lo que la sociedad reclama, del mercado. Se trata por lo tanto de una posición de búsqueda y pregunta continua, que se contrapone a la actitud conservadora y complaciente de buena parte de las arquitecturas de la imagen, de lo multidisciplinar, que pretendiendo ser lo más “novedoso” son, en mi opinión, reaccionarias.

GB -...enfoques que buscan escapar de los métodos disciplinares propios...

PM -Por supuesto, su objetivo es escapar de los métodos disciplinares por amplia que sea la concepción de los mismos, y esto resulta ser extraordinariamente retrógrado. Nos movemos en un mundo amplio, intercomunicado, donde ciertamente lo interdisciplinar es una constante que responde a una curiosidad intelectual amplia y vasta. Los arquitectos nos fascinamos con la economía, la política, la biología o la investigación molecular…, y ello es seguramente estupendo y muy interesante. Pero la pregunta es ¿se pueden transformar todos los modelos que se puedan derivar de estas disciplinas de manera inmediata, sin mediar un proceso disciplinar y específico, en forma construida, en arquitectura? No solamente los resultados contradicen este hecho sino que además los filósofos, los biólogos, los científicos, los economistas, se ríen de los arquitectos cuando los suplantamos… somos muy osados y los resultados no dejan de ser superficiales, interesando sólo en la medida que son jaleados en términos mediáticos. Pienso que hoy nunca se ha hablado tanto y, en el fondo y a la vez, tan poco a la vez de arquitectura. No se habla precisamente de arquitectura, sino en gran medida de lo que es representación de la arquitectura y, en muchos casos, sólo de los arquitectos. Sin embargo creo que debemos ser básicamente optimistas, nunca hemos tenido tantos medios, la cuestión, como siempre, es cómo aplicarlos no confundiendo medios con fines.

GB –Ya que has mencionado el mercado, ¿cómo resuelves en tu caso, siendo una figura publicada, un arquitecto de referencia que aparece claramente posicionado en el mapa de la arquitectura española y que además eres parte de este “mercado de la arquitectura”, esta crítica tan frontal al sometimiento de la arquitectura a la mercadocracia, si la podemos llamar de alguna manera?.

PM –Esa es una buena pregunta, con ella no haces sino subrayar esta contradicción de la que me siento parte activa. Supongo que podríamos decir que en el fondo estoy haciendo un discurso al menos algo paradójico, porque por un lado estoy criticando al mercado, pero por otra parte, de alguna manera estoy sobreviviendo gracias a él. De hecho siempre he pensado que existen instituciones que me encargan proyectos no porque piensen que el resultado va a ser muy bueno, ya que incluso tienen dificultades para calibrar esta evaluación, sino porque en el fondo eres “conocido”. Esto es una realidad. Recuerdo un alcalde que me dijo: “oye, yo quiero un edificio que llame la atención”. No me dijo un buen edificio. ¿Qué te parece?...

GB –¿Y qué reflexión haces al respecto?.

PM -Trataré de ser claro contigo. Esto es algo que he aceptado, algo que en cierta manera utilizo. Es una realidad en la que vivimos y de la que es muy difícil escapar, y que en un momento determinado, arquitectos como yo tenemos que interpretar. Lo que no podemos es engañarnos, no podemos dejar de ser conscientes de la realidad en la que trabajamos y lo que ella encierra. Hoy la crítica está generada, sistematizada y controlada por el mismo sistema. Es como si no pudiéramos escapar. ¿Cómo convivir con ello? Es en el trabajo más concreto, el trabajo más personal, cuando me pongo en mi mesa de dibujo, que yo creo es el más importante, a través del mismo proyecto por tanto, cuando puedes escapar de esta realidad tan absorvente. El mercado no nos gusta porque devalúa y simplifica muchas actividades, entre ellas la arquitectura, pero también tiene su lado positivo. Pensemos en los arquitectos jóvenes que en la mayoría de los casos sólo pueden aspirar a trabajar como una parte más del engranaje de una gran “corporación” de arquitectura. La verdad es que el mercado cuando no actúa bastardamente, les ofrece la posibilidad al proyectarse. El problema es a qué precio. La cuestión es ¿se puede mantener un camino estrictamente personal al margen de lo que significa tener que “figurar”? Creo sinceramente que sí y el trabajo de mucha gente joven muy valiosa así lo demuestra. Sin embargo estos jóvenes no son a los que más se oye.

GB –Es la opción en donde uno ofrece su capacidad personal no como fórmula icónica sino como producto de reflexiones propias, esquivando la disyuntiva de pertenecer a una corporación o adoptar una imagen para ofrecerla.

PM –En cierta manera es la disyuntiva que se ofrece a la mayor parte de los arquitectos que empiezan, es la disyuntiva más propia de los países desarrollados. Elegir una opción personal que no pretenda sólo la representación, estar en el escenario a cualquier precio, es arriesgado. Personalmente me interesa más un mundo donde se aprecien más los valores personales donde exista la posibilidad de lo especial. Ahora sólo los “valores medios” son los importantes, lo homologado por la crítica es lo aceptado por la mayoría, lo cuantitativo tiene más valor que lo cualitativo, lo que importa es lo seguro y no el riesgo. Hoy el riesgo se escenifica pero nunca es real, sus consecuencias siempre están medidas.

GB -Siguiendo con tu visión acerca de la arquitectura; solemos escucharte hablar de la unidad de una obra de arquitectura. La coherencia y la densidad de una serie de obras están caracterizadas por la unidad. La unidad no se refleja en un estilo...

PM -Exacto, creo en la unidad mucho más que en la búsqueda de una identidad cuyo único objetivo es que se reconozca.

GB -¿Cómo se produce entonces el hilo conductor entre tus obras? ¿La unidad en una obra como la tuya, por ejemplo, cómo está compuesta? Porque el que lee tus edificios en una secuencia temporal debe soslayar, justamente, las apariencias, la caligrafía, para descubrir una serie de valores intangibles. ¿A dónde se encuentra esa sustancia?

PM - No tengo la necesidad de que la gente identifique mi arquitectura como mía. Muchos arquitectos buscan un estilo y al final lo que resulta es que todos lo edificios son iguales, independientemente de los puntos de partida. Precisamente lo que está buscando la sociedad o el político de turno es el objeto igual, compran una pieza igual a las anteriores porque el éxito ya está asegurado. Buscan una marca, y esa es la identidad. Me parece que eso es esterilizante. Me gusta más hablar de la unidad, que no significa que los proyectos sean idénticos, pero que sí implica que cuando alguien los lea, entienda que hay un proceso unitario que se basa en esas categorías arquitectónicas que me interesan y que de alguna manera definen un crisol común donde trabajo. Categorías y problemas que, como nosotros mismos en cuanto que arquitectos, van completándose, sustituyéndose, o modelando con el tiempo.

GB -Justamente eso me interesa. Desde el punto de vista de la unidad de tu obra, evidentemente hay un ingrediente que hay que conciliar, que es la propia evolución personal.

PM -Claro, pero precisamente creo que esa evolución se nota. El sistema de intereses y reflexiones procuran unidad pero también son un sistema abierto que significa evolución. Si aspiras a que mi arquitectura tenga una condición investigadora, de propuesta, de riesgo, de aprender siempre algo más, naturalmente, todo ello es sinónimo de evolución. Y evolución es sinónimo de densidad. La identidad lo es de superficialidad. Por cierto, respecto a la posibilidad de ejercer la arquitectura de una manera más personal te diré que cuanto menos sistematizada y desarrollada esté una sociedad, creo sinceramente, que más posibilidades existen de hacerlo.

GB -A eso apuntaba mi pregunta sobre las posibilidades de generar un camino propio. La realidad nuestra (subdesarrollada) es mucho más elocuente en el sentido de que al final uno intenta abrirse camino a través de una línea propia de pensamiento, y que no está directamente sometido al mercado de la arquitectura en cuanto a que las posibilidades de producir obras de interés editorial son mínimas. Está más vinculada al servicio, pero al servicio anónimo, al de un usuario que utiliza ese edificio y nada más. Son vías de un desarrollo profesional por fuera de los modelos aparentemente exitosos, que en nuestros países considero son reales y relativamente extendidas, y desde luego podrían existir aquí también

PM –Sin duda, junto a la actitud más personal que implica sublevarse respecto a lo que “se lleva”, existe esta otra realidad, más contextual que hace que aquellos países que más necesidades tienen, seguro que más fascinantes, impliquen un campo donde es más posible la autenticidad. No es que las cosas sean más fáciles, es que no hay tiempo para superficialidades o éstas se ven de una manera “impuesta”.

GB -Volviendo al tema de la unidad y la evolución. En tu caso, si jalonamos la historia reciente de tus obras con los tres palacios de congresos que ilustran muy bien esa secuencia evolutiva que se evidencia desde lo formal, ¿cuál es el trasfondo que hay en esa especie de mutación formal? El Baluarte de Pamplona es de una factura muy austera en cuanto a una cierta economía de proyecto que busca una depuración volumétrica de herencia “sotiana”, con además plantas muy asépticas y cartesianas. Luego en Ávila, a una resolución parecida le aparece una forma convulsa añadida. Y ya en Alicante la forma convulsa se macla con la volumetría pulcra que tenía origen en los planteos del Baluarte.

PM - No me quedaría solamente con aquellos aspectos que tienen que ver con la imagen del proyecto. Me interesa, por ejemplo, destacar que en los tres casos esa expresión formal está absolutamente ligada a lo que pasa en el entorno inmediato. Por un lado, en el auditorio de Pamplona nos encontramos en el centro de la ciudad, en un entorno rico y en el límite entre la ciudad histórica y la ciudad nueva. Frente a unos paños tersos de piedra renacentista, extraordinariamente poderosos, trabajados con la línea cartesiana y dura de una ciudadela militar. En el caso de Ávila encontramos, por el contrario, un subsuelo donde la densidad del granito se hace evidente porque emerge continuamente del mismo. El paisaje que rodea a Ávila está cuajado de rocas de granito que luchan por salir del propio terreno. De alguna manera la muralla no es más que la elaboración artificial y esculpida de esa naturaleza brutal, intensa, que nace del propio subsuelo. La fascinación por el propio paisaje, más que por la muralla es lo que conduce a intentar generar esa forma, si quieres, más orgánica, menos cartesiana por decirlo de alguna manera, que cubre el área de exposiciones. Sí es verdad que puede presentar, con respecto al proyecto del Baluarte, una novedad, pero sinceramente no creo que sea una novedad conceptual, en el fondo se trata de una respuesta distinta a lugares distintos. En el caso de Teulada se trata de algo bien sencillo. El tamaño de este proyecto es mucho menor que el de cualquiera de los otros dos y solamente tiene una mirada: el mar en el paisaje. Es un caso muy especial porque Teulada y Moraira son dos núcleos físicamente divididos, uno bajo situado junto al mar, el otro alto colocado sobre la montaña. Sin embargo, en términos administrativos, son el mismo. El edificio, que es un edificio institucionalmente importante pero relativamente pequeño, cumple el doble papel de ser “faro” desde la montaña y referencia desde el mar. Y así todo el proyecto pivota sobre el gran mirador, un mirador que efectivamente podría haberse formalizado de una manera no tan quebrada, pero que se singulariza por esta razón. En el fondo pues, detrás de los tres proyectos hay una reflexión que nace de la manera de ver el paisaje inmediato.

GB -O sea que no es una búsqueda personal de un nuevo tipo de expresividad.

PM –No necesariamente. Si lo que me dices es si estoy buscando un lenguaje que me identifique ahora con una arquitectura quebrada, te diré que no es mi objetivo, nada más lejos de mi intención.

GB -Una lectura que yo haría entonces es (y conociendo tal vez qué momentos de la historia de la arquitectura te gustan mirar), que más que asociarte a ciertas formas quebradas contemporáneas, aparecen aquellos recursos de las arquitecturas admiradas, como las de la modernidad nórdica, de las que te apropias de acuerdo a las circunstancias particulares de cada proyecto como herramientas para resolver determinados problemas, como es en este caso el tema del lugar

PM -Eso es, exactamente. Creo, como te decía antes, que la forma es consecuencia de una serie de conceptos densos, que tienen que ilustrar el proyecto, y que desde luego tienen mucho que ver con la manera de entender un lugar, imaginar un lugar, o de recrear un lugar. Es verdad que los proyectos pueden abordarse desde varios puntos de vista, pero hay unos que resultan más productivos y determinantes que otros. El auditorio de Teulada tiene mucho que ver con el de Pamplona, pero son situaciones, contextos y también tiempos de alguna manera distintos. Lo de menos es si unos dibujos son rectos o quebrados. Por ejemplo, en el caso de Teulada la fachada tan profunda que singulariza el proyecto tiene que ver con su orientación al sur, el mar está al sur, y el sur en el mediterráneo es terrible, esas formas quebradas nacen porque se ha estudiado de manera muy especial el soleamiento para que en ninguna época del año el sol incida directamente en el interior. No se trata pues de un grafismo, no responde a una voluntad caligráfica. Los condicionantes, los límites, los problemas a los que se enfrenta el proyecto se transforman siempre, adecuadamente leídos, en mecanismos fructíferos. En este caso el problema del soleamiento.

GB -Cambiando de nivel, y hablando en términos concretos con respecto a tu interés por los materiales y la técnica; es claro que sientes cierto rechazo a las soluciones estandarizadas, a las soluciones industrializadas; pero a su vez también es claro que la búsqueda de lo artesanal en aquellos proyectos de cierta envergadura lleva a esfuerzos titánicos, en donde hay que resolver una cantidad casi infinita de detalles. ¿Cómo se resuelve esto en términos razonables o lógicos?

PM -Es verdad, y este es sin duda uno de los grandes problemas que creo tenemos. Me interesan más los materiales y su manipulación. Hablar más en términos de técnica que de tecnología entendida esta última como un proceso final que te ofrece en el mercado el detalle homologado, perfectamente acabado, aprobado y testado. En los países más desarrollados cada vez se admite menos el riesgo, no se contempla la posibilidad de equivocarte, todo tiene que estar perfectamente experimentado y homologado, y claro, esto supone la pérdida de un importante grado de espontaneidad y de experimentación en la arquitectura. Al final este es el origen de arquitecturas muy homogéneas, en cierta medida algo muertas, “sin alma”. Pensemos por ejemplo en el caso de la arquitectura española. Se esta produciendo un contagio a partir de la arquitectura de otros países más avanzados tecnológicamente. Esta fascinación por lo tecnológico, tiene como consecuencia que aquella capacidad de sorpresa que teníamos, propia de una época de la arquitectura española, ha ido desapareciendo. La investigación sobre los materiales, recuperar materiales que se habían venido usando de una manera y usarlos de otra; toda esa reflexión de lo que es la parte física de la arquitectura me parece fundamental. Pero ésta sociedad adora la eficacia... y la eficacia, como “principio” puede ser extraordinariamente esterilizante. Es obvio que has de dar respuesta a los problemas planteados, pero la eficacia convertida en una especie de mito, la mitomanía por la eficacia puede ser increíblemente reductiva e incluso destructiva. En España en este momento estamos viviendo un momento muy ambiguo, nuestros edificios no están muy bien construidos, no son “eficaces” pero tampoco representan los valores implícitos en un cierto riesgo ideológico y material. El proceso de homologación que está sufriendo España con el resto de Europa creo que en términos de arquitectura, no va a ser enriquecedor.

GB -Lo que estás diciendo tiene que ver con un punto que quiero me expliques. Hay una cierta tradición española, que creo además asume tu trabajo: la presentación visual de los edificios a través de los materiales, a través del uso de materiales primarios, a través del uso noble de los materiales. En tu caso es elocuente que recurres a ciertos materiales como la piedra, el acero, la madera como manifestación tectónica clara de tus obras, como expresión de voluntad también concreta. Sin embargo, toda esta incorporación de tecnologías y de soluciones eficientes hacen que esta intención tectónica muchas veces se convierta en maquillaje; y en algún punto me parece que te enfrentas con ese dilema, donde al final, lo que uno quiere presentar como el material que compone sustancialmente el edificio termina siendo resuelto en forma de apariencia.

PM -Claro, esto evidentemente está pasando.

GB -La pregunta concreta sería entonces, ¿no tienes miedo de apartarte de la sinceridad material para caer en una cierta cosmetología?

PM -Es justamente una de las cosas que más me preocupan en mi trabajo. Aprecio esa parte de inseguridad, de investigación que implica tomar un material, manipularlo, ver sus posibilidades. Ello genera un grado de “sinceridad”, de “singularidad” si quieres, que para mí es muy apetecible. Pero a su vez este proceso tiene lugar en una sociedad tecnificada y homologada que lo coarta porque implica riesgos. El problema conceptual y real surge cuando te mueves en una situación intermedia. Personalmente me preocupa cómo compaginar la ineludible “homologación técnica” con un camino más personal en donde la elaboración de lo “físico” es fundamental.

GB -Si bien estás reconociendo que España está ubicada en este punto intermedio, y tiene que asumir las tecnologías con eficiencia pero con el halo de los valores que quiere conservar, todavía podemos decir que aquí, como probablemente en ningún otro sitio de Europa salvo Portugal, el cuerpo de arquitectos todavía controla la disciplina, al menos de la forma en la que la entendemos. A diferencia de lo que claramente pasa en países como Alemania, en donde la normativa, entre otras cosas, ha diezmado la capacidad proyectual, cosa que también ocurre en Italia, agravado por otros factores, en España todavía se puede hablar de y hacer arquitectura en estos términos que nos interesan. ¿Cómo ha hecho el cuerpo de arquitectos, más allá de la realidad económica y social, para conseguir desarrollar la disciplina en estos andariveles?

PM –Ello tiene que ver con la propia realidad. Si bien es cierto que la realidad económica y técnica de España ha avanzado en estos años a pasos agigantados todavía, en muchos sentidos, sigue siendo una sociedad con definiciones en este sentido, que (¿afortunadamente?) todavía depende mucho de los medios, de los contextos y de los lugares específicos, de la manera de trabajar y de los materiales. Otro factor muy importante han sido las escuelas de arquitectura españolas, que al igual que las argentinas, han sido escuelas extraordinarias (esta realidad se va a transformar profundamente con la homologación a la normativa europea, la cual no pretende mantener lo que de bueno tiene lo específico sino la uniformidad como objetivo). Básicamente estos dos pilares, junto a la estructura profesional, han hecho que ciertamente el arquitecto español (cada vez menos, de todas maneras) tenga, en primer lugar, una capacidad de ideación y manipulación del proyecto muy importante, y en segundo, yo no voy a decir una credibilidad, pero sí un poder sobre el resultado final.

GB -Se nota aquí un fenómeno que es poco habitual. La profesión tiene un reconocimiento social que en el resto del mundo está perdida desde hace un tiempo. Es una pena que este prestigio que deviene del control que tiene el arquitecto sobre el proyecto, y la posibilidad de cristalizar ciertos valores se pierda. ¿Hay solución para esto?.

PM –Desafortunadamente creo que esto no tiene solución. El cambio de contexto normativo, el papel del arquitecto, de la realidad técnica sobre la que nos movemos, en el caso de España, como lo ha sido en otros lugares, es un camino sin retorno. Las reglas de juego van cambiando. La cuestión es cómo transformar todo ello en términos positivos para ejercer la arquitectura. Podemos pensar que al menos este proceso implicará la mejora de la calidad física de la construcción dotándole de un sentido más “democrático” y seguro, pero todos sabemos, o deberíamos saber, que los mejores valores radican en un proceso proyectual más libre que permite precisamente que la arquitectura pueda seguir ofreciendo “algo más” que lo que la sociedad reclama. ¿Cómo lo ves tu?

GB -Evidentemente para nosotros no es una preocupación capital, tenemos un largo camino para enfrentarnos a esto. En todo caso, nuestro problema es más bien el retroceso, la degradación social que baja el listón de ciertas condiciones favorables.

PM –Pero esta es una situación coyuntural de la que a buen seguro se puede aprender. No es la primera vez que se enfrentan a ello y por otra parte no tiene un significado estructural en términos de arquitectura.

GB –Pareciera que los procesos de producción que perfeccionan técnicamente la construcción son independientes del proceso proyectual y no contribuyen a apuntalar los valores arquitectónicos. Una especie de efecto colateral del desarrollo.

PM -Efecto colateral, podríamos llamarlo así. Pero muy real. Mira, te pongo un ejemplo: acabo de terminar la plaza de Pey-Berland en Burdeos, y la Plaza Felipe II en Madrid, las dos en el casco de la ciudad consolidada. Una perfectamente construida, la de Burdeos. Le falta algo. La otra...su construcción fue una auténtica odisea llena de situaciones difíciles, pero sinceramente creo que tiene algo seductor, me atrae más, alguien diría que tiene alma.

GB –¿Al alma se la da la imperfección?

PM –Sí, si la perfección se entiende como seguridad absoluta. Entiéndeme lo que te quiero decir. Estoy reivindicando la necesidad de un proceso donde proposición y riesgo lleva implícito, simultáneamente, errores y aciertos, pero sobre todo valores.

GB –¿Hubo de tu parte una especie de temor en el proyecto de Burdeos a ejecutar una obra que se espera técnicamente perfecta que le quitó propuesta, o riesgo, al proyecto?

PM –No fue un temor conceptual. Pero la realidad es que no podía utilizar determinados materiales, no eran posibles algunas propuestas ni maneras de hacer… no estaba homologado o no estaba permitido por las normativas. No es el caso del proyecto de Madrid. La diferencia está en que cuando yo miro esa plaza, creo que aporta más. En Burdeos todo es correcto, todo perfectamente hecho, quizás demasiado previsible.

GB –En la España provinciana, en los últimos tiempos, ha habido una posibilidad, tal vez una novedad: la búsqueda de las instituciones públicas, y de algunos sectores privados, de identificarse a través de la arquitectura. ¿Ese tipo de éxito reciente, que está muy vinculado a tu historia como arquitecto, a qué se debe? ¿Se debe estrictamente a la calidad de las obras de arquitectura, o se debe a un acercamiento de la arquitectura a determinados sectores de la sociedad?

PM -Es obvio que en España se ha establecido una relación directa entre arquitectura y la promoción pública de la misma. No creo que esto sea consecuencia de un apoyo ideológico y programático expreso de la administración española como tal hacia la arquitectura, sí de determinadas personas. Sin embargo los sistemas de trabajo públicos establecidos permiten una libertad que no encuentras trabajando con la propiedad particular. Los sistemas de convocatoria de los concursos (está establecido así) permite que el proceso sea muy fructífero en términos de propuestas estimulando la búsqueda y enriqueciendo los resultados. Por contra la propiedad privada está más prejuiciada, bastante poco cultivada en términos de arquitectura. Este modelo no es frecuente en otros países.

Pero la reflexión respecto a la capacidad de la arquitectura para proyectarse socialmente es otra. En la medida que muchos de los edificios públicos han sido fruto de propuestas con interés, ha aumentado la presencia de la arquitectura en los ámbitos sociales y políticos. Pero yo no diría que es una preocupación por la arquitectura como tal. Gran parte del interés por la arquitectura en España, como en otros lugares, tiene que ver más con los nombres de determinados arquitectos o con el valor icónico de determinadas piezas, con una cuestión mediática en definitiva, que con el reconocimiento del valor de la arquitectura propuesta o con la capacidad de ésta para resolver problemas en los ámbitos de las ciudades en que se sitúan. Se trata, creo yo, de una relación bastante superficial, comercial. De lo contrario no tendríamos que seguir diciendo que la mayor parte de la producción de arquitectura en nuestras ciudades no merece la pena.

GB -Como docente visceral que eres, me importa tu posición frente a la enseñanza de la arquitectura. Te hemos escuchado conceptos que son muy interesantes desde el punto de vista de la trasmisión de conocimientos o de modos de enfrentar el proyecto. Por ejemplo el hecho de que te gusta hablar más de teoría del proyecto que de teoría de la arquitectura.

PM -Claro, a ver. Tal como se presenta hoy la mayor parte de lo que se da en llamar teoría de la arquitectura, no está claramente delimitado, no sabemos bien si tiene que ver con la arquitectura, la sociología, la filosofía, la física, la biología o la comunicación… o como gusta decir a mucha gente con un campo “multidisciplinar” que diluye la relación entre idea y forma en un mundo donde no están claras las relaciones, donde el proceso pierde valor. Me cuesta valorar esta confusión (conscientemente reivindicada por muchos de nosotros) entre disciplinas. Es indiscutible que vivimos en un mundo intercomunicado y muy informado, siempre el conocimiento exigido para hacer arquitectura ha tenido mucho de interdisciplinar. Es verdad que en ocasiones el proceso del proyecto se inicia a partir de realidades que difícilmente pudiéramos calificar como relacionadas directamente con la arquitectura, eso lo acepto. Ciertamente cualquier producción intelectual es interesante per se, y puede ayudar a crear un punto de partida desde donde iniciar el proceso del proyecto. Pero de ahí a contar todo esto como teoría de arquitectura ocultando que en muchos casos no encierra sino una renuncia a tomar decisiones o una dificultad para articular un discurso útil hay un abismo, un abismo de ingenuidad. La arquitectura, el hecho de proyectar, pertenece a un mundo específico propio, que constituye una disciplina nos guste o no. Por supuesto admitiendo que la realidad de la que partimos es compleja y cambiante, rica. Pero ello no puede ser excusa para disolver lo arquitectónico en algo diluido, superficial. En ese sentido, prefiero hablar de teoría del proyecto, o dicho de otra manera, para mi la teoría de la arquitectura que me interesa es la teoría del proyecto.

GB -¿Cómo forma de mantener cierta autonomía procedimental?

PM -Ciertamente. ¿Eso significa renunciar a una información más diversa?. De ningún modo, siempre el proceso de la arquitectura ha sido absolutamente permeable e interesado por muchos aspectos, pero al final se trata de dar respuesta y el proceso para llegar a las mismas no puede ser casual, aleatorio. Me parece importante insistir en esa especificidad de lo arquitectónico como contraposición a moverme en un mundo de generalidad, en un ámbito donde cabe todo y donde no se diferencia nada, manipulando en ocasiones otras disciplinas que los arquitectos utilizan como sustento de un hecho formal sin explicar el proceso de transformación necesario. Son estos procesos intermedios los que se hace necesario explicar si tenemos una voluntad docente. No es serio lanzar un cúmulo de generalidades sin más haciéndonos ver que con ello se dota al proyecto de “discurso”, para con ello justificar cualquier decisión apriorística o caligráfica que a la postre resulta exenta de contenidos.

GB –Es preferible hablar de modo y no de método.

PM -Estoy totalmente de acuerdo.

GB -¿Pero a la hora de enseñar arquitectura esto no se convierte en un dilema? Porque un método se enseña...

PM -...pero es reductivo...

GB -...y un modo...¿Cómo se enseña un modo?

PM –Ah! Claro. El método se cuenta y acaba en sí mismo, el modo se estimula y sigue creciendo en sus frutos, creo que ésta es una gran diferencia. Mi obligación como docente es estimular procesos de búsqueda que generen modos de enfrentarse a la arquitectura, quedarnos en el método es fácil y reductivo. El modo es sinónimo de compromiso, el método de facilidad, creo que la perspectiva del modo es lo verdaderamente sustantivo para enseñar en la universidad. El modo es enseñar a pensar y esto es lo que permite, seguramente como en cualquier otra disciplina, avanzar en nuestro trabajo como arquitectos. Es verdad que aportamos recursos, información, pero seguramente es más importante utilizar tu ejemplo y hablar de tu experiencia. A mi los profesores que me han enseñado no son aquellos que me han ofrecido una “receta”, son aquellos que me enseñaron a pensar, que me incitaron a la búsqueda.

GB -¿Cómo se estimula a un chico que está expuesto a la seducción de la imagen fácil?

PM -Enseñándole a pensar, a ser crítico, a “ver” más que a “mirar”. Enseñándoles a aplicar juicios de valor, a aceptar el riesgo y el derecho a equivocarse.

GB -Para enseñar a pensar la arquitectura hay que estimular la lectura de los documentos específicos: las plantas, las secciones, los detalles, que trasmiten aquellas sustancias que la imagen no hace. ¿Es un desafío provocar la discusión de los proyectos a través de estos instrumentos?.

PM -Creo que en este momento realmente es un desafío. Los alumnos están tan imbuidos por lo fácil, por los medios, la imagen…, Ciertamente tener una información abundantísima y poder disfrutar de unos medios como los informáticos es sin duda una ventaja. Pero todo ello puede ser una desventaja si lo que son medios se torna en objetivos. La misma reflexión es válida para juzgar el hecho de disfrutar de tan alto número de publicaciones. Todo ello obliga a ser más “fino” a la hora de discernir. Me habrás oído siempre una cosa, y es que al estudiante hay que enseñarle a ver y no a mirar. Mirar es un ejercicio pasivo. Hay que enseñar a ver. Enseñar a ver significa tanto como estimular a hacer. Ante la avalancha de información, ¿es realmente más difícil hoy tener una actitud personal y crítica? Creo que sí. Pero el que lo logra, a su vez, está infinitamente más capacitado. Me encuentro con alumnos con sentido crítico, con criterio, con una información brutal, y entonces el resultado es sensacional. Pero es verdad que en contraposición a éstos una gran cantidad sucumbe a lo inmediato, a aquello que no tiene contenido. Esta diferencia cualitativa entre ver y mirar me parece fundamental. La realidad es que esta actitud en nuestros días no es tan fácil transmitirla, pero a pesar de todo se hace necesario insistir ya que muchos de estos mensajes se sustancian en el tiempo. A mí me interesa más transmitir actitudes que transmitir aptitudes.

GB -Eres un crítico muy agudo de proyectos, sabes ver rápidamente donde están las falencias, como se puede mejorar un proyecto, pero lo sueles hacer con una impronta mordaz, sueles ser despiadado con tus críticas...

PM -¿Despiadado? No lo creo...una buena crítica siempre tiene que ser un poco mordaz, también divertida. Procuro que las críticas, desde el máximo respeto por el alumno, sean certeras y ajustadas. Decir de verdad lo que piensas de un proyecto es una manera de ser respetuosa con el alumno que entre otras cosas te pagan para esto. Recuerdo que cuando era estudiante invitaron a Rafael Moneo y le mostraron uno de mis proyectos. No dijo más que una frase..., y me desarmó, me sirvió por años de esas críticas que se repiten y aburren. Un profesor tiene que hacer un esfuerzo de síntesis, que es lo más fructífero y lo más difícil también. Siempre me acordaré de aquella crítica, fue fantástica, demoledora, dicha con mucho respeto, pero muy útil. A veces se la recuerdo a Rafael ... no me digas, no me digas , me dice.

GB -La pregunta que parecía malintencionada era en realidad todo lo contrario, lo que te hace entrar en razón muchas veces, lo que te hace salir de la autocomplacencia es esa actitud frontal, que se presenta como violenta porque te obliga a replantear porqué algo que yo pienso que está bien, en realidad podría estar mucho mejor.

PM -Eso es. Hay profesores que están hablando sobre un proyecto sin decir absolutamente nada sustancial, y que resulta muy frustrante para el alumno... este no me está aportando nada , se dicen . Creo que realmente las críticas tienen que ser sustanciales, son las únicas que un estudiante recuerda y valora. Volviendo al riesgo y en relación con la actitud de los estudiantes, lo único que les pido es que reivindiquen el derecho a equivocarse. Vivimos en una sociedad y en un momento en donde el derecho a equivocarse no está muy valorado, casi no se contempla. A mí me interesan los proyectos que pueden ser objeto de una crítica intensa, porque mañana van a ser dignos de una valoración igualmente intensa. ¿Cuáles son los proyectos que verdaderamente aportan poco o nada?. Los proyectos anodinos, aquellos que aburren. En ocasiones, con ánimo crítico, algunos me han dicho que sólo puedo ser profesor de alumnos “especiales”. Algo de verdad y de falsedad hay en ello. Un alumno que arriesga y comete errores es un alumno con compromiso. Nuestro trabajo no puede ser “plano” y la manera de enseñar tampoco.

GB -¿Prefieres entonces ser profesor de cursos superiores?

PM -La mayor parte de mi vida he sido profesor de cursos inferiores, y creo además que ha sido muy bueno para mí, no sé si para los alumnos. En estos cursos los alumnos están menos capacitados para entender, tienen menos recursos, pero como contrapartida tienen un mayor grado de ilusión. La ventaja de los cursos superiores, o de postgrado, es que hay muchas cosas que ya no se hace necesario explicar, y ello te permite ser más profundo en tus críticas. No lo sé, me gustan los dos niveles de docencia.

GB -¿Para ser docente, hay que tener discurso propio, o se puede ser docente si se es una persona bien informada?

PM -Bueno, esto del discurso propio es algo difícil, creo que nunca sabe uno cuando está configurado ese discurso propio. Desde luego un profesor tiene que estar bien informado, eso seguro, es una condición necesaria, pero no es suficiente. Tener discurso es probablemente también una condición necesaria, pero tampoco es suficiente, hace falta algo más. Hace falta tener una cierta capacidad de transmisión, de crear ilusión. Hay profesores con discurso, bien informados, pero que no son docentes, nunca serán docentes. Sin embargo, los hay que tienen una capacidad de transmitir este compromiso con el riesgo, con el pensar, con la investigación, y que incluso aunque estén menos informados, y tengan un discurso menos sólido, resultan a la postre muy buenos profesores.

GB -¿Consideras que en tu joven madurez, tienes ya un discurso propio?

PM –Tengo la sensación de que cada día estoy empezando. Cada día busco, cada día empiezo casi de cero en relación a mi actitud, espero que no en mi aptitud que, naturalmente cada vez se va ilustrando algo más. Cada proyecto es una experiencia nueva. Me resulta difícil reconocer un discurso definido en mi trabajo, ello me haría sospechar un cierto grado de complacencia con el que no me sentiría cómodo. Prefiero hablar de un modo de enfrentarse al proyecto, de una actitud, de reflexiones, de intereses, y de apetencias si quieres comunes. Pero un discurso como algo acabado…

GB –Esto te lo pregunto porque la sugerencia que recibo de las conversaciones contigo es que van apareciendo frases recurrentes que utilizas habitualmente para calificar las cosas que te importan, y tengo la sensación de que estás en plena construcción de un discurso; en plena búsqueda de elementos, o mejor dicho, habiendo encontrado esos elementos, en una búsqueda de articulación entre ellos. Te escuchamos decir frases muy seductoras pero que probablemente en un futuro aparecerán superando el carácter de slogan para convertirse en un continuo discursivo.

PM -Yo no tengo la sensación de estar intentando construir un discurso de manera consciente como ya te he dicho. Voy conformando, si quieres, una actitud para intentar construir continuamente, a veces de manera contradictoria y paradójica. Pensar en construir un discurso como un referente único e indiscutible para tu trabajo me parece algo casi pretencioso, prefiero sustituir lo del discurso por la idea de intereses que se repiten. Ciertamente hay frases y contenidos en los que uno insiste, que se van construyendo, pero no me preocupa configurarlos como discurso unitario, no me obsesiona.

GB -¿Hablando de obsesiones y preocupaciones, sientes que a veces estás en un una posición incómoda con respecto a los carriles centrales por los que discurre la discusión de la arquitectura hoy en día y que te obliga a contestar a los postulados que se dan por hecho, defender una postura permanentemente, sobre todo en una generación joven de la que todavía eres parte por tu edad? ¿O en otras palabras, no tienes miedo de ser reaccionario demasiado joven?

PM -Te hago una confesión, yo durante tiempo he estado hasta cierto punto obsesionado por resultar excesivamente “conservador” en mi visión. Seguramente en España he sido, de mi generación, uno de los arquitectos que más obra ha tenido, y mucha gente por ello mismo me asocia a una generación mayor. Mi condición de “periférico” me ha generado oportunidades pero también me ha alejado de las experiencias que gente de mi generación han tenido en Madrid o Barcelona. Han sido situaciones diferentes. Como contrapartida a una mayor facilidad para hacer arquitectura la verdad es que el medio en el que me he movido ha sido muy impermeable a la misma y he tenido que “restaurar” y “rehacer” ese medio. Sin embargo esa distancia me ha dado una cierta perspectiva para analizar determinadas actitudes y estrategias de mis coetáneos. Creo sinceramente que lo que es retrógrado es la actitud de algunos arquitectos, no siempre necesariamente jóvenes, en muchas ocasiones “maduritos”, que juegan a presentar la arquitectura como algo que ha de sustituirse por una actitud que ellos llaman de “animación” en unos casos, de “provocación” en otros, y que las más de las veces no es sino una pobre traducción de lo que el “mercado” de “pandereta y farolillo” nos pide… Estereotipos gráficos, imágenes rápidamente consumibles, críticas y eslóganes comunes… Actitudes que, en el fondo, niegan la investigación tras una actitud profusamente anunciada como especulativa. Arquitecturas que dan lo que la sociedad reclama: consumo fácil. Arquitectura que eleva el nihilismo y la broma a la categoría de ideología. Todo esto es retrógrado.

Hoy cada día hay más arquitectos jóvenes que se presentan a los concursos con buenos proyectos y los ganan. Que hacen magnífica arquitectura y que no hablan tanto, que no tienen la necesidad de “gritar”… ahí está lo progresista y lo que yo defiendo. ¿Comprendes lo que quiero decir? En España desde luego esta dicotomía es, cada vez más, una realidad.

 

Gabriel Biagioni es Arquitecto por la Universidad Católica de Santa Fe; Master en Diseño Arquitectónico por la Universidad de Navarra, España, con beca de la Universidad Torcuato Di Tella. Es miembro fundador de :grupoarquitectura > y docente en la U.C .S.F. Actualmente desarrolla su actividad profesional con el estudio BIAGIONI/PECORARI Arquitectos.